18 noviembre 2006

In Memoriam



Ha muerto el gran Ferenc Puskas. La noticia no me ha sorprendido demasiado puesto que ayer mismo conté en La Palestra del Deporte el empeoramiento en la salud del queridísimo "cañoncito pum", líder de aquella mítica orquesta húngara que revolucionara el fútbol de la época con el novedoso 4-2-4 que, entre otras cosas, desarboló a Inglaterra en Wembley por 3 goles a 6 en lo que después bautizaría The Times como "the match of the century" ("el partido del siglo"). La noticia no me ha sorprendido, pero tampoco me ha dolido menos conocerla. Puskas era un personaje realmente entrañable, un hombre con un gran sentido del humor y que solía relatar su habilidad para jugar al fútbol de forma muy parecida a como lo haría un superhéroe de la Marvel que acaba de descubrir de repente sus poderes.

Con todos mis respetos hacia la interminable pléyade de grandiosos jugadores que han pasado a lo largo de la centenaria historia madridista, Puskas ("escopeta" en húngaro) me parece uno de los componentes del triunvirato que, junto a Di Stéfano y Francisco Gento, convirtió al Real Madrid en lo que es hoy en día, un mito. A finales de los años cincuenta empezó a circular por la ciudad una leyenda según la cual Alfredo di Stéfano y "cañoncito pum" cruzaban apuestas, después de los entrenamientos y con la puerta cerrada a cal y canto, con el simple objeto de dilucidar cual de los dos era capaz de lanzar un libre directo y golpear más veces con el balón en la escuadra. Los pocos privilegiados que asistieron a aquellas memorables timbas deportivas aseguran que, aunque por poco, casi siempre ganaba Puskas con el consiguiente enfado de la "saeta rubia", a quien no gustaba perder ni a las canicas.

Cuando Puskas llegó al Madrid llevaba mucho tiempo sin jugar, demasiado. Estaba excesivamente grueso y era propietario de lo que hoy conoceríamos vulgarmente como una "tripita cervecera", pero en cuanto pilló de nuevo el tono físico la máquina empezó a carburar otra vez. Era un goleador envidiable y un futbolista de muy mal genio, de ahí que sintonizara rápidamente con el otro gran cascarrabias del equipo, Alfredo di Stéfano. Don Alfredo cuenta en sus memorias que Puskas, que no hablaba ni una gota de español, no hacía más que repetir "¡motor, motor, motor!", que quería decir correr: "como no hablaba, protestaba mucho. Hacía ademanes con la mano que eran muy comunes en los países centroeuropeos, pero que aquí sentaban muy mal a los árbitros. Yo le dije mil veces que no hiciera ese gesto con la mano, que aquí significaba mandar a alguien a tomar por..., o a freír puñetas, pero no me hacía ni caso".

No creo que sea posible volver a pasar por el estadio Santiago Bernabéu sin que alguna de sus piedras reboten el eco de aquellas palabras de Ferenc Puskas... "¡Motor, motor, motor!" Su pierna izquierda dominó durante tantos años el "planeta fútbol" que hoy resultaría imposible explicarlo sin hacer referencia a él. The Times habló del "partido del siglo" cuando Hungría desarboló a Inglaterra en el estadio de Wembley; no exagero en absoluto al afirmar que esta madrugada, en una clínica de Budapest, ha muerto el futbolista del siglo XX. La enfermedad que roba la memoria se ha llevado también al hombre, y con él se ha ido el futbolista. Hace algunos años una expedición del Madrid encabezada por Di Stéfano fue a Budapest a rendirle un homenaje a Puskas. Dijeron que a Ferenc ya le costaba mucho recordar quién había sido, qué había hecho para merecer aquello, por qué tanto alboroto. El lo habrá olvidado, pero aquí estamos nosotros para recordarlo siempre. Si es cierto eso que dicen de que un hombre no muere del todo hasta que ya nadie le recuerda, Ferenc Puskas vivirá eternamente.


Juan Manuel Rodríguez, en Libertad Digital



Homenaje del madridismo a una leyenda

09 noviembre 2006

Un relato onírico


La luz que la luna filtraba por las rendijas de la persiana, que no estaba bajada del todo, lo despertó. Se levantó dolorido, se frotó los ojos con desgana, y miró en derredor. Al principio no vio nada, hasta que sus ojos se acostumbraron a la oscuridad. Fue hasta la silla que había cerca de la maltrecha cama, único mobiliario de la herrumbrosa habitación, y se vistió lenta y pesadamente con la ropa que colgaba de ella.
Luego, paseó por la habitación, aturdido aún por el sueño que antes había dormitado, y fue hasta el cuarto de baño. Allí se lavó la cara con agua helada, se secó y se miró el rostro, y le pareció que había envejecido cien años, con la barba de varios días que le daba un aspecto de dejadez que le pareció casi lastimero. Fue de nuevo hasta su habitación, levantó un poco la persiana y contempló absorto el paisaje de azoteas mohosas, tejados llenos de verdín y, cerca, el viejo campanario de la parroquia barroca que, impávido, dominaba los cielos de aquella noche invernal extrañamente luminosa.
Se apartó de la ventana y buscó en la cómoda la foto de su hijo, aquella en la que aparecía junto a sus padres, sonrientes todos, una tarde soleada de verano en una playa repleta de veraneantes. Aquella foto, y todo lo que en ella se representaba, le parecían tan lejanos, que casi no hubiera podido hubicarla en el tiempo. Sólo sabía que habían sido tiempos felices. Ahora, nada de aquella fascinante realidad existía. Su hijo murió, su mujer se fue y él, con sus recuerdos, su remordimiento y sus fantasmas, se fue hundiendo poco a poco en un abismo que, aquella noche, iba a conocer su fin. Metió la foto en el bolsillo trasero de su pantalón, atacado por la nostalgia. Hacía mucho que ya no lloraba.

Buscó a tientas -le habían cortado la luz hacía dos semanas por impago- la botella de ginebra que según sus cálculos debía estar en el mueble bar, que ahora, vacío, le mostraba las telarañas que evidenciaban la lejanía de tiempos sin duda mejores. No estaba allí, y siguió buscando, impasible, hasta que cayó en la cuenta de que la había dejado no hacía mucho en la desolada despensa. La agarró, se puso la única cazadora decente que todavía poseía, y se marchó, silencioso, del triste ático que habitaba en un céntrico edificio del casco antiguo de aquella ciudad costera. Bajó sigilosamente las escaleras -nunca le gustaron los ascensores, ataúdes de acero pendientes, literalmente de un hilo- y salió a la calle. Una bofetada de aire frío y cortante le pegó en pleno rostro, y un escalofrío le recorrió el espinazo. Anduvo unas cuantas calles, solitarias dadas las horas intempestivas, y llegó al pie de un monumento que coronaba la calle principal de aquella villa. Echó un vistazo de arriba abajo al oxidado monumento -una gran cruz de hierro, semejante a un aspa- y miró el mar, que se abría ante aquel balcón, tranquilo con su cadencioso oleaje.
Se sentó en el poyete, al pie de la gran cruz, sacó la botella de ginebra de su cazadora, y comenzó a beber a grandes sorbos. El primero le abrasó la garganta, al tiempo que una ráfaga de viento glacial le traía las campanadas de la cercana torre barroca que anunciaban la una de la mañana, o las dos. A cada trago que se lanzaba al coleto, pensaba. En lo que había sido su vida, exitosa y vacía hasta la muerte de su hijo, desgraciada y solitaria después de aquello. Pensaba en los sueños que una vez albergó. Viajar, viajar mucho, por todo el mundo. Salir y conocer, experimentar y vivir cosas que no le ofrecía aquel pueblucho. Eso soñaba. Soñó algún día, cuando todavía tenía ganas de soñar. Y de vivir. También quiso formar una famila, tener hijos. Lo consiguió, pero sólo artificialmente. Una felicidad virtual que se acabó cuando aquel grupo terrorista desconocido -luego supo que eran vulgares ladrones de bolsos metidos a sicarios de medio pelo- le robó la vida. Todo se vino abajo y su existencia se fue al garete. Y sus sueños comenzaron a diluirse en alcohol, como también su trabajo, y sus ahorros. Ahora nadie le quería, y los pocos amigos que le quedaban le mantenían a duras penas, entre todos, pagándole el ático que ocupaba. Eso era lo único que le quedaba, sus amigos, pero ya había decidido terminar con todo aquello.

Horas después, cuando la botella de ginebra ya sólo era una botella vacía, creyó escuchar cuatro campanadas en el reloj de la parroquia, o cinco. Sentado como estaba, intentándo mantener la verticalidad y con la vista borrosa, sacó un enorme puñal del bolsillo interior de la cazadora. Aquel puñal lo había comprado una vez, hacía mucho tiempo, en Marruecos, y no lo había usado nunca. Hasta hoy. Lo sostuvo en alto, lo observó, cerró los ojos, inclinó la cabeza al cielo y, mordiéndose los labios hasta sangrar, se lo hincó en el vientre.

En aquel preciso instante se despertó, sudoroso y sobresaltado. Respiraba trabajosamente, excitado como estaba ante aquella terrorífica pesadilla que había tenido. Se levantó y bebió un trago de agua de la botella que tenía en la cómoda. Ya estaba amaneciendo, entraba la luz del sol incipiente por las rendijas de la persiana. Se sobresaltó al ver la foto de su hijo y su mujer en la playa, la misma que había visto en sueños. De pronto oyó campanadas de la torre de la parroquia cercana. No estaban tocando las horas, era otra cosa. Le sonaba el tañido, aunque no recordaba de qué. De pronto entendió. Miró de reojo la foto que reposaba en la cómoda. Las campanas tocaban a duelo.

02 noviembre 2006

La vida es sueño


-Segismundo

¡Ay mísero de mí! ¡Y ay infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo;
aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido.
Bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor;
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.
Sólo quisiera saber,
para apurar mis desvelos
(dejando a una parte, cielos,
el delito de nacer),
qué más os pude ofender,
para castigarme más.
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
que yo no gocé jamás?
Nace el ave, y con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma
o ramillete con alas,
cuando las etéreas salas
corta con velocidad,
negándose a la piedad
del nido que deja en calma:
¿y teniendo yo más alma, tengo menos libertad?
Nace el bruto, y con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrella,
gracias al docto pincel,
cuando, atrevido y cruel,
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad
monstruo de su laberinto:
¿y yo, con mejor distinto,
tengo menos libertad?
Nace el pez, que no respira,
aborto de ovas y lamas,
y apenas, bajel de escamas,
sobre las ondas se mira,
cuando a todas partes gira,
midiendo la inmensidad
de tanta capacidad
como le da el centro frío:
¿y yo, con más albedrío,
tengo menos libertad?
Nace el arroyo, culebra
que entre flores se desata,
y apenas, sierpe de plata,
entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra
de los cielos la piedad
que le dan la majestad,
el campo abierto a su ida;
¿y teniendo yo más vida, tengo menos libertad?
En llegando a esta pasión,
un volcán, un Etna hecho,
quisiera sacar del pecho
pedazos del corazón.
¿Qué ley, justicia o razón
negar a los hombres sabe,
privilegio tan süave,
excepción tan principal
que Dios le ha dado a un cristal,
a un pez, a un bruto y a un ave?

Monólogo de Segismundo, La vida es sueño, Pedro Calderón de la Barca

31 octubre 2006

Las cadenas montañesas

La espesa bruma que manaba aquella primaveral mañana de 1248 desde las aguas del río Guadalquivir era cortada por los afilados cascos de las naves de la poderosa escuadra castellana comandada por Ramón Bonifaz. La escuadra, compuesta por 5 galeras construidas en los astilleros de Santander y por 13 naos procedentes de varias villas de la costa cantábrica, completaba el último tramo del río al que los romanos llamaron Betis antes de llegar a Sevilla, o Isbilya, según la toponimia árabe. La flota, que era la punta de lanza del ejército del rey Fernando III de Castilla y León, tenía por misión cortar la única vía de suministros y ayuda de la ciudad asediada.

El rey Fernando, luego llamado El Santo, había rendido Córdoba, la gran capital musulmana, el símbolo del poder perdido de Al-Andalus. Había llegado como un rayo de esperanza para unificar Castilla y León y unir bajo su cetro a todas las fuerzas activas de la nobleza castellana en la lucha contra el Islam. Había reclutado un imponente ejército y había avanzado hacia el sur conquistando importantes plazas y villas en su camino hacia Córdoba y Sevilla, sus grandes objetivos. Durante todo su reinado había conquistado más tierras a los musulmanes que todos los reyes cristianos de la península desde que comenzara la Reconquista, allá por los tiempos de Don Pelayo. Ahora ansiaba dominar el valle del Guadalquivir y llegar al mar, conquistar la bahía de Cádiz y alzarse en el estrecho para cruzar las aguas hasta África y combatir a los musulmanes allende de las Columnas de Hércules. Pero para eso necesitaba ocupar Sevilla, y para eso, era necesario Ramón Bonifaz.
Oriundo de Laredo, Ramón Bonifaz era alcalde de Burgos cuando, en Jaén, se unió a la empresa conquistadora del rey Fernando. Éste, consciente de que la única manera de someter Sevilla era cortando sus comunicaciones fluviales con otros reinos musulmanes de África, le ordenó crear la Marina de Castilla para éste fin. Así pues, mientras Fernando III cercaba la ciudad por tierra y la hostigaba con escaramuzas esporádicas, Ramón Bonifaz disponía la construcción de la flota castellana en su Cantabria natal. Y para la marinería, Bonifaz levantó la leva en su tierra y reclutó a hábiles y experimentados marineros montañeses para su arriesgada empresa. Cuando todo estuvo listo, a finales de 1247, la primera escuadra real de Castilla emprendió rumbo al sur.

Allí, en el estrecho de Gibraltar, junto al peñón, le esperaba una flota musulmana costeada por el rey de Sevilla y sus aliados norteafricanos, a la cual vencieron gracias al arrojo y veteranía de los marineros cántabros. Luego remontaron el indefenso río y subieron, sin encontrar apenas resistencia, hacia las mismísimas puertas de Sevilla.

Allí se encontraban ahora, con Ramón Bonifaz a la cabeza, prestos a ejecutar el plan de ataque que el valeroso guerrero de Laredo había preparado para asestar el golpe mortal al Reino de Sevilla. En tierra, el rey Fernando esperaba ansioso con sus huestes, ansiosos por entrar en combate de una vez por todas. Antes del ataque final, y según la leyenda, el rey Fernando, un atrevido noble castellano y Ramón Bonifaz cometieron la osadía de entrar en la plaza fortificada por un portillo mal defendido, de noche y sigilosos, para recorrer la ciudad ante las narices de sus defensores y admirarse ante el magnífico alminar de la mezquita mayor de Sevilla, similar, según las crónicas, al de la mezquita de Marrakech, en Marruecos.

Tras esta proeza temeraria y heroica, Bonifaz volvió al mando de la escuadra. En Sevilla existían dos torres de vigilancia a la entrada del río en la ciudad. Una era la llamada Torre del Oro y otra, situada en la otra orilla justo en frente. Entre ambas torres, unido por unas enormes cadenas de hierro, se encontraba un inmenso puente de barcas, que los defensores musulmanes habían emplazado allí para defender la ciudad de un ataque por el río. Ante esta situación, Ramón Bonifaz, en una decisión arriesgada y temeraria, resolvió atacar con toda su flota al puente de barcas, no sin antes haber reforzado los cascos de sus barcos para el impacto con las cadenas. Los musulmanes, que no esperaban esta respuesta, asistieron atónitos al sublime impacto de la escuadra castellana contra su puente de barcas, y a la destrucción del punto más débil de su entramado defensivo.

Asediada por tierra y por el río, cercada y sin posibilidad de ser ayudada, la ciudad recibión continuas incursiones y ataque castellanos, que cada vez llegaban más lejos viendo la debilidad de sus defensores. El 23 de noviembre de 1248, el rey de Sevilla capitulaba ante Fernando III de Castilla y León y la ciudad y el valle del Guadalquivir, así como muchas villas aledañas y cercanas del Aljarafe sevillano caían en manos cristianas, siglos después. Los defensores engrosaron las filas del reino nazarí de Granada, o fueron deportados a África, o simplemente, se convirtieron en esclavos.

Ramón Bonifaz fue investido por el rey Santo como Almirante de Castilla y hoy en día, en un tiempo en el que el pueblo ha olvidado su Historia y a sus héroes, una estatua recuerda a Ramón Bonifaz, oriundo de Laredo y alcalde de Burgos, junto al rey Fernando y otros héroes olvidados frente a la gran catedral de la ciudad que conquistaron, Sevilla.

Las cadenas rotas, la flota montañesa que conquistó el Guadalquivir y la Torre del Oro, como homenaje a los intrépidos marineros cántabros, forman parte del escudo de Cantabria, de Santander y de su Historia.

17 octubre 2006

Cittá di Dio

"Fagamos un templo tal e tan grande, que los que la vieren acabada, nos tengan por locos"


Palabras del Maestro Carlí, el viernes 8 de julio de 1401, al finalizar el cabildo que decidió comenzar las obras de la Catedral de Sevilla.

10 octubre 2006

12 de octubre de 1492

Juan Rodríguez Bermejo, conocido por todos en la expedición como Rodrigo de Triana, acababa de acomodarse en el puesto de vigía de La Pinta cuando una extraña sombra en el horizonte lo sobresaltó. Trató de matar un bostezo prolongado y de aclararse la vista para observar mejor aquello. Eran las dos de la madrugadadel día 12 de octubre de 1492, sesenta y nueve días después de haber zarpado de España.
El sevillano, oriundo de Los Molinos, se colocó el catalejo en su ojo derecho y lo ajustó debidamente. Tras unos segundos de espera, soltó una exclamación de júbilo que resonó en toda la cubierta del silencioso barco. No podía ser. Tenía que estar seguro de que lo que estaba viendo era cierto. Se ajustó de nuevo el catalejo en su ojo y volvió a mirar para cerciorarse. Instantes después, ya no tenía dudas. La delgada línea brumosa que su fina vista divisaba desde el puesto de vigía de La Pinta era, sin lugar a dudas, una estrecha franja de tierra. Enseguida llenó de aire sus pulmones y su gritó se oyó como un ansiado trueno en mitad de la noche atlántica:

-¡Tierra!

De repente, desde los restantes puestos de vigilancia de las otras dos naves, los vigías repetían como un eco sinfónico la palabra que todos habían esperado desde hacía tres meses:

-¡Tierra! ¡Tierra a la vista!

Las cubiertas de La Niña, La Pinta y La Santa María se llenaron de marineros que, tras comprobar por boca de sus compañeros la buena nueva, saltaban, brincaban y chillaban de júbilo por toda la cubierta de las carabelas. Los hombres se arrodillaban en la madera de los barcos y daban gracias al cielo y a Dios. Otros descorchaban las escasas botellas de vino que quedaban en las bodegas. De todas partes se oían cánticos de jolgorio y alegría. El Almirante, tras comprobar concienzudamente con su catalejo que la franja de tierra se hacía cada vez más visible, sonrió y besó, discretamente, su medalla de la Virgen que siempre llevaba consigo. Los hermanos Pinzón, después de haber llegado en chalupa a la nao capitana desde sus barcos y tras haber conversado con el Almirante de la Mar Océana, ordenaban a los marineros que disparasen las lombardas. Con el ruido y el olor de la pólvora de las salves, algunos marineros se quedaron mirando a aquel genovés extraño y misterioso. Habían estado a punto de amotinarse contra él y tomar por la fuerza el control de la expedición, días atrás, cuando habían caído presa de la agitación y la desesperación por la escasez de víveres y la falta de resultados del viaje. Ninguno de ellos había navegado tanto tiempo sin divisar tierra. Pero ahora admiraban a aquel loco, Cristóbal Colón, que los había llevado, cumpliendo su palabra, a tierra firme.

Ajeno a la algarabía de sus hombres, y ya en su camarote, Cristóbal Colón no podía dejar de pensar en la Divina Providencia que le había puesto en su camino aquella tierra y que le había dado la oportunidad de lograr su propósito. Durante algún tiempo había llegado incluso a dudar de sí mismo y de su proyecto. Oía las murmuraciones de la marinería y, aunque tenía por seguro el apoyo de los Pinzones, le inquietaba la posibilidad de estar en un error. Se había jugado mucho, el todo por el todo, en este descabellado proyecto. Había convencido a unos reyes que acababan de conquistar Granada a los moros, después de una Reconquista de casi 800 años, y reunificar su reino para que le apoyasen en su idea de llegar a Oriente por el oeste, sin tener que doblar el cabo de Buena Esperanza ni tener que vérselas con el Turco en Costantinopla. Muchos lo habían tildado de loco. Cruzar el Mar Tenebroso.....ningún cristiano había osado adentrarse en el Atlántico más allá de las Azores. Sin embargo él sabía que había algo más. Sabía que había una tierra inmensa y fabulosa detrás de las tinieblas del océano, y él, Cristóbal Colón, iba a conquistar la gloria de su descubrimiento. Se corrigió cuando miraba por la ventana de su camarote. Ya la había conquistado.

Por la mañana, apenas el sol despuntó, el Almirante ordenó anclar muy cerca de lo que se descubrió una exhuberante bahía paradisíaca. Cuando Colón descendió a la playa junto a un grupo escogido de marineros, entre los que estaban los Pinzones, los españoles se asombraron ante la visión de un paisaje propio del edén. Recorrieron la luminosa playa de arena muy fina y blanquísima, llengado a un cerro preñado de exóticas y ladeadas palmeras y cocoteros. Allí se encontraron con un amplio grupo de indígenas, nativos de la isla que ellos llamaban Guanahaní. El Almirante de la Mar Océana parlamentó amistosamente con los indios, se intercambiaron regalos y bienes y se impresionaron los indígenas con los enormes "castillos flotantes" de los castellanos. Éstos, a su vez, se asombraron de la calidez del lugar y de la singularidad de sus gentes. Aquellos osados aventureros españoles y los tímidos y educados nativos sólo podían intuir que aquel era el fascinante y mágico momento en el que dos civilizaciones separadas por miles de leguas de océano y tierra se daban la mano por primera vez.

Delante de los indios, el Almirante hizo leer las prerrogativas por las cuales él era investido, en cumplimiento de lo acordado con Isabel y Fernando de Castilla y Aragón en las Capitulaciones de Santa Fe, Almirante de la Mar Océana y gobernador de todos los territorios por descubrir, él, y sus herederos. Allí mismo, en el mismo cerro luminoso, junto a la paradisíaca playa, hizo alzar el pendón de los Reyes de Castilla y Aragón, junto al estandarte con la cruz verde y las iniciales F e Y. Tomó posesión de la isla para el Reino de Castilla y la rebautizó con el nombre de San Salvador. A partir de ahí, todo es Historia. Nuestra Historia.


Dentro de dos días se cumplirán 514 años del Descubrimiento de América. Sirva esto como modesto homenaje a unos hombres que desafiaron a toda lógica y realizaron la mayor empresa descubridora jamás conseguida. Descubrieron un Nuevo Mundo, poniendo a disposición de Europa un territorio inexplorado, salvaje, fabuloso y rico, y abrieron la puerta de la gloria y la fama a hombres valientes y atrevidos, que, ávidos de oro y fortuna, abandonaron una vida sin futuro ni esperanza para cruzar el tenebroso océano y buscar la gloria. Derribaron imperios milenarios, exploraron selvas y ríos anchos como la mar, atravesaron desiertos, cruzaron cordilleras nevadas, conquistaron, arrasaron, descubrieron, evangelizaron y se mezclaron con los nativos, convirtieron a España en un inmenso y vasto imperio donde nunca se ponía el sol y, sobre todo, expandieron la cultura y las costumbres de nuestro país por un fascinante Nuevo Mundo.

05 octubre 2006

Un ágora fascinante llamado España


En Tot Escríuer aguestes linhes pensi que fòrça gent, ath lieger-ac, pòt considerar ésto coma ua necior. Non ei eth mèn propòsit pavonearme d'ua sapiencia que, desgraciadament, non possedisqui, ne fòrça mens. Era mia intencion ara escríuer aquiu en quauques ues de's parles e lengües dera Península la condarè mès tard ena mia lengua mairau, eth castelhan. Ara m'exprimisqui en aranés. Aguesta lengua romanç se parle ena Val d'Arán, ena Catalonha pirenaica, ena termièra damb França. Fòrça influïda peth catalan e eth castelhan, aperten ara branca des lengües occitanas, e possedís caractèr oficiau. Ei polit e agradable exprimir-se en ua lengua antica, fraia deth castelhan.


Jo vaig néixer en Chipiona, un petit poble de la costa gaditana. La meva llengua materna és el castellà, la qual jo orgullosamente considero com la "llengua més bella del món". Però això no lleva que, de cap manera, m'apassioni el coneixement d'altres llengües, sobretot si aquestes es parlen en el meu país. Atès que Espanya posseeix, gràcies a que durant gran part de la seva Història va ser plaça comuna de diverses cultures, un extens i divers acervo cultural, em sembla gairebé una obligació conèixer, almenys superficialmente, les altres llengües espanyoles. Una de les quals més em fascinen és el català. En una època polarizada i de crispació, d'auge de nacionalismes necios, ésto pot sonar a herejía, almenys per a aquells que segresten paraules massa rellevants perquè les escupin en les seves proclames pseudo-patriotas. El català, fill del llatí, és una llengua romanç que es va desenvolupar en el nord-oest d'Espanya, influïda pel francès, el castellà i l'àrab, especialment. Parlada a Balears, València i Alguer, a Sardenya, l'expansió aragonesa en el Medievo li va donar rellevància internacional.

España é fascinante. Unha mestura de paisaxes, territorios e costumes unidos por unha cultura e unha Historia común. Eu vivo no sur, en territorio andalusí. Territorio romanizado, arabizado e conquistado e repoboado polos cristiáns do norte. Pero de entre as moitas terras fabulosas e místicas do meu país, hai no norte unha terra húmida, boscosa e máxica. Poboada de druidas e meigas, unha terra onde a herdanza celta convive e nútrese do legado romano que impregna o seu territorio. Unha terra dura e fermosa, sacudida por tormentas e temporais, dedicada á pesca nas súas afiadas e agrestes costas. Un lugar que desenvolveu unha lingua románica, sibilante, ambigua como as súas xentes e bela na pronunciación. Unha lingua, a galega, que colinda coas fablas leonesas, que se separou do portugués na Idade Media e que constitúe un dos maiores patrimonios de España, e por suposto, da súa terra, Galicia.

Iparrari Areago, lur menditsu batean, helezin eta misteriotsua, vascones indomales-en lurra aurkitzen du.Bizkaia eta Gipuzkoari dagokiona zein bertako biztanlea probintziak, débilmente-a romanizar-a, zapaldu zuten inoiz ez bereber soldadu edo arabiar ez.Mendeak Lehenaldiak, Condado De Castilla-ri Reconquista-ren bastioian lurralde honi convirtiño-a haren eranste, ohorearekin sotil lerden eta adoretsuen zerbitzatu ziren habia eta ohorea, herri hispaniarren gainerakoaren haren gainerako herrikideen ondoan, batailetan, gerrak, lorpenak, porrotak eta abenturak Espainiaren izena nahasi zuen.Vascones-en mihia ia ulertezin zerbait da espainiarren gainerakoarentzat eta haren jatorria, gezurra: izan iruditzen du antzak dituen áfrico-aren iparraren bereber dialektoren batzuk, Zalantzarik Gabe araztasun etnikoaren buruzagientzat neketsu zerbait eta hatz iraingarri hori deitu arrazismo kulturala nazionalismoa.Hartatik Ez du uzten izan euskaldun izatera, edo euskara euskara, areago bitxi bat, areago misteriotsua beharbada, espainiarren altxor kulturalaren.

Finalmente, ainda que não pertença a Espanha, escrevo em português porque, além de ser a língua de um país irmão de cultura, História, venturas e desventuras, é uma língua muito influída pelo castelhano e que a sua vez determinou em grande parte a forma actual do galego, com o que compartilha um tronco comum. Língua romance, avançou, junto ao castelhano e o catalão, Península abaixo, cavalgando junto aos caballeros cristãos em sua luta contra o Islão, até chegar ao Atlántico e assentar-se na margem direita da Pele de Touro. Levada nos lábios dos conquistadores portugueses em Brasil, África e a Índia, foi falada nas trincheras de Breda e hoje em dia é um precioso veículo de comunicação entre milhões de pessoas de todo mundo.

Mi propósito al escribir en algunas de las lenguas de España, además del portugués, no es otro que reivindicar la hermosa pluralidad cultural de la que gozamos en España y que, desgraciadamente, el cainismo, analfabetismo y cerrazón de unos pocos de subnormales, nacionalistas periféricos y del pollo con alas, con el permiso de una clase política infame y ruin, está obligando al destierro paulatino. Además, es para mí un auténtico gozo asombrarme y admirar los requiebros y sorpresas que esconden estas lenguas, donde, si uno mira con el espíritu adecuado y con el ojo sagaz de la curiosidad, aún se pueden atisbar los reflejos de épocas pasadas y apasionantes, de mezclas, invasiones, temores, alegrías y desgracias, que el pueblo, en su infinita sabiduría, ha plasmado en la evolución de sus lenguas.
El castellano, el vasco, el catalán, el gallego...son lenguas españolas, patrimonio de nosotros mismos, fruto de la mezcla de culturas y razas que se citaron en este ágora común, este zoco mágico del sur de Europa, que debemos cultivar y conservar, desde el respeto y la admiración.
Y me olvido de muchos otros: la fabla aragonesa, el asturiano o bable, el navarro-aragonés, el perdido y añorado romance andalusí...

Siglos de mestizaje nos convirtieron en lo que somos, y luego nosotros lo llevamos a América, legando nuestra propia herencia cultural a aquellas mágicas y fabulosas tierras, enriqueciéndo nuestra propia cultura con el aporte ingente de un mundo nuevo. Tenemos un valioso tesoro. No dejemos que la incompetencia, la necedad, la incultura y el fanatismo acaben con él.